sábado, 19 de agosto de 2017

Las dunas gallegas: Lariño.

Otra increíblemente hermosa playa del concejo de Carnota, estupendamente preservada para lo que suele ser normal para estas playas en España. Gracias a ello pudimos ver de nuevo el espectáculo de la duna en explosión de colores y aromas.

Entre las muchas cosas que allí vimos, por ejemplo la preciosa flor de la Matthiola incana. Todo colorido.
En su color complementario, el amarillo cardo lechero, o Scolymus hispanicus.
También violáceas las flores de la Malcomia littorea.
La viborera (Echium sp.), la cual no me atrevo a  identificar más allá del género.
Más discreta, la correhuela de playa (Calystegia soldanella).
Más roquera, la zanahoria marítima (Daucus carotta gummifera).
Y por todas partes, el cardo marítimo (Eryngium maritimum).
Llamativa y simpática para todos, la cola de liebre (Lagurus ovatus).
Y finalizo con una planta que me sorprendió por su gran tamaño, la malva arbórea (Lavatera arborea), como era de suponer, aprovechando los aportes orgánicos de las gaviotas en los límites de los roquedos y el Faro.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Las dunas gallegas: Carnota.

Hay que reconocer 2 cosas, igual de dolorosas: las dunas gallegas son fantásticas y no tienen nada que ver con las pobres dunas asturianas, menguantes en riqueza biológica y extensión; la segunda y peor aún es que allí se cuida algo este ecosistema, mientras en Asturias, entre los temporales por el mar, y la humanidad por tierra, nos las estamos cargando a toda velocidad, cuando definitivamente desaparezcan, creo que ni siquiera se echarán de menos, y habrá quien diga que es que no existieron, o que fueron un sueño colorido de cuatro idiotas como yo.

Sé que en la costa de Carnota se está degradando la zona dunar rápidamente, lo sé porque me lo contaron y vi en directo cómo la gente entra a la playa por cualquier sitio, pero con todo la situación es idílica comparada con cualquier zona dunar asturiana, aquí hay que decir que fuimos en plena época de floración, y ver las lenguas de arena llenas de flores fue algo maravillosamente inesperado y de lo más agradable del viaje.





os pongo algunas de las bonitas plantas que pude fotografiar, empezando con la probablemente más común y reconocible, el cardo marítimo (Eryngium maritimum).











Muy fácilmente reconocible también, la lechetrezna de las dunas (Euphorbia paralias).
















Preciosa y abundante es la flor del nardo marino (Pancratium maritimum).








Reconocible pero con muchas especies similares es la  manzanilla marítima (Matricaria maritimum).










Muy diferente pero también hermosa en su sencillez es la flor del alhelí marítimo (Matthiola sinuata).











Espectacular la floración de la endémica española Iberis procumbens.










La forma de la flor, curiosísima.











Más escasas y delicadas, las inflorescencias del Jasione maritima.










Termino con 2 especialistas de este ambiente salino y duro, la Suaeda maritima...











...y la Silene littorea.
En definitiva, el esplendor floral de la arena a su máximo nivel...



domingo, 6 de agosto de 2017

Dumbría y O Pindo

Con este nombre tan resonante se nos presentó un conjunto de paisajes que desconocíamos y que nos gustó mucho, mucho más cuando no los llevábamos planificados, así que la sorpresa fue mayúscula.
Empezando por lo más conocido, las Cascadas de Ézaro, un paisaje peculiar a su manera, con una magnífica catarata que conecta el río Xallas con el mar directamente a través de una caída sobre el granito que realmente impresiona.















Impresionaría todavía más si el paisaje fuese natural, pero por desgracia un embalse y la correspondiente central hidroeléctrica nos saca del embeleso. A pesar de ello, hay que reconocer que el esfuerzo por adecentar la central es grande, y aunque humanizado, el paseo bien merece la pena, el conjunto de embalse, río y cascada es precioso a pesar de todo.

Siguiendo la bien señalizada y empinadísima carretera, llegamos al Miradoiro, aquí la verdad es que todo lo que se ve llama la atención: el granito del Monte Pindo a la izquierda, la desembocadura del río Xallas enmedio, y  al derecha la playa de Ézaro, ¡qué maravilla!

El conjunto es pintoresco en el el sentido pictórico, parece todo un cuadro hecho con una gran imaginación y sensibilidad.


Bajamos a la playa de Ézaro a pasar una agradable tarde en una playa muy familiar, con agradable me refiero que, siendo una de esas playas que no nos gustan demasiado por haber bastante, gente, estar urbanizada y no sentir esa soledad y comunión con el paisaje que sí se ven en las playas deliciosas que os pongo en otras entradas, hay que decir que la playa era muy tranquila, aquí no ha llegado todavía el turismo masivo, y esperemos que por muchos años, se agradece.
Al fondo aparece, ya en territorio de Carnota, otra playa de similares características: San Pedro.







O Pindo, el último pueblo al oeste de Carnota, es una pequeña localidad que como su nombre indica y como veis en la foto, vive a la sombra del mítico tótem gallego: una locura granítica, agreste pero tan atractivo que todas las civilizaciones se han impregnado de su paisaje y lo han sublimado en folklore, leyendas y referencias ocultas. Normalmente se nos va la vista al mar pero en este caso siempre apetecía buscar la montaña sobre el pueblo.

La playa en sí, azotada por el viento, nos recibió tan indómita como deseábamos, llevándonos un buen recuerdo de su bravura.














Un pequeño pero cuidado paseo que conecta la playa con las pequeñas marismas y el pueblo sirvió de momento final de felicidad.


sábado, 5 de agosto de 2017

Playa de Traba

Aunque el día no acompañó del todo, nos fuimos a la playa de Traba a comprobar cómo eran de salvajes las playas de la Costa da Morte con nubes, ya que hasta entonces nos había acompañado un Sol estupendo pero inacostumbrado para el lugar. Resultó extraño estar en julio con una playa de varios kilómetros para nosotros sólos, pasear buscando conchas a lo largo de la orilla sin encontrar a nadie (de nadie de verdad) me hizo pensar lo idiotas que somos como especie, buscando la masificación en una carrera cuyo premio no acabo de encontrar, y desistiendo de visitar playas increíbles como estas cuando sale la nube, que precisamente te protege del calor y las quemaduras. No lo entiendo. Tanta belleza desprovechada.

viernes, 4 de agosto de 2017

Las playas de Corrubedo.

La famosa es la duna, que trataremos en otra entrada, pero realmente fascinantes las 3 playas, que de nuevo son una, pero con la marea pueden ser muchas más...una maravilla la dinámica cambiante de estos paisajes.

Una vez vista la duna, un camino paralelo nos dirige a las playas, empezando al norte, la de Ladeira, una inmensidad y eso que la veíamos en marea alta.











Al Sur, la otra playa que "se une" (en teoría) con la anterior, es la playa de Vilar, igual de interesante, también enorme, y fascinante.







Pero la playa de verdad alucinante era la de Lagoa de Carregal, es decir, la pequeña marisma de agua dulce que desemboca entre las 2 playas de este espacio protegido, creando un paisaje único.

Fueron unas horas entrañables en familia, con otro par de familias igual de encantadas de estar allí, respetando todos el silencio y la tranquilidad (todo lo que pudimos porque apetecía gritar de la emoción). Nos bañamos en la lámina de agua, y dejándose llevar por la fuerte corriente de la marea podías embarrancar en cualquiera de las 3 playas. Corriente arriba es zona protegida y no apta para el baño, y playa abajo se llega a otra zona, inmediatamente señalada por la abundancia de chorlitejos patinegros, gaviotas y garzas. Por desgracia al marcharnos toda aquella paz sucumbió cuando una familia decidió vadear el río hacia la zona prohibida, espantando a todas las aves y con ellas el idílico momento.
Al final, en unos minutos, llegó la nube y el viento, todo cambió en un instante, pero el paisaje siguió siendo cautivador.
















miércoles, 2 de agosto de 2017

Carnota: Un paraíso playero.

No fue del todo casual haber escogido nuestras vacaciones en Carnota, pero desde luego no fue tan pensado, y nos salió tan bien la experiencia que nos hacíamos cruces, el lugar merece la pena por completo.

Tuvimos una climatología extraordinariamente benigna, que ni los lugareños recordaban, y favoreció mucho el poder disfrutar mucho tiempo al aire libre. La propia playa de Carnota, sensu lato, es un enorme playón de más de 7 kilómetros que más o menos recorrimos al completo, para darnos cuenta de la complejidad geológica de cualquier paisaje costero en Galicia, ya que esta playa vista desde el satélite es una playa larga y uniforme, pero a pie de tierra son muchas las divisiones que nos encontramos, y más aún dependiendo de la marea. la foto superior y la inferior son de la playa de Carnota, sensu stricto.
Si nos vamos hacia el Norte, nos encontramos Boca do Río, una entrada de agua dulce que según la marea, en el caso de estas fotos marea baja, comunica los 3 grandes tramos playeros, pero con marea alta los incomunica a pie.

Fuimos caminando hacia el observatorio, en esta época poco útil ya que poco había que ver en pleno verano, pero las vistas quitan el aliento, con la Marisma Berberecheira y la continuación hacia el este de boca do Río, casi parece que llegue hasta el Monte O Pindo, el paisaje es sobresaliente.

De vuelta en propiedad en Boca do Río, unos charcos en los que entras entero, una maravilla de peces, cangrejos y moluscos atrapados temporalmente por la marea, un divertimento continuo rodeado de un horizonte tan profundo que no sabes ni a  donde mirar porque todo es hermoso.

El mar queda aparentemente lejos mirando hacia el extremo Norte, la playa de Caldebarcos, pero es un punto de fuga magnífico.





















Para estar en pleno verano, el pueblo de Carnota me pareció lo más parecido a un refugio que conozco, absolutamente silencioso por las noches, gente amable y discreta, rodeado de maravillas naturales y bendecida por un paisaje soberbio, ya sea a pie de playa...

...o desde las alturas. Volveremos, sin duda.


sábado, 22 de julio de 2017

Fisterra

Era un lugar que no conocíamos, a mí me asustaba que se hubiese convertido en el típico filón para turistas, y fue así, en parte, me explico.









A pesar de haber madrugado y llegar de los primeros, hay mucha gente, muchos locales para turistas, olor a letrina en muchos sitios, y baratijas  ala venta por todas partes, lo que me hubiese echado para atrás el 99% de las veces. Pero a pesar de estas cosas que no me gustan nada, el paisaje desde el Cabo Fisterra es tan impactante que estas cosas te molestan mucho menos, y personalmente logré abstraerme a la inevitable llegada de autobuses y pude disfrutar de la sensación, obvia, de estar en un punto, por muchas razones, importante.

El faro estaba cerrado, pero conozco ya muchos, y no fue mayor problema, me centré en el paisaje y en las sensaciones, muy difíciles de describir, muy internas, la música de una gaita, las placas recordando naufragios históricos y batallas navales (de cuyas narraciones, gracias al gran Patrick O'Brian, soy un gran aficionado), la extraña sensación de estar frente  aun mar calmo, plácido y tibio que debe endemoniarse con facilidad, era como si mostrase su mejor cara.


Vimos el mismo Cabo Fisterra durante una semana, es un promontorio absoluto para muchas decenas de kilómetros  ala redonda, y nunca lo vimos igual, a veces con niebla, otras con viento que lo hacía aparecer y desaparecer en segundos del horizonte, otras llegaban las nubes y literalmente se tragaba el faro, desde luego es un paisaje constantemente cambiante, y en esa extraña forma de constancia,
me encantó.

La villa de Fisterra conserva, a pesar del turismo, mucho de su encanto, mayormente por sus gentes, por sus pescadores y por sus casas, pasear por sus callejuelas camino de O Centolo (menudo atracón de marisco) merece la pena.




El puerto, en extraña calma, a decir de sus habitantes, nos ofrecía una estampa idílica muy lejana a la que tiene que ser la habitual en estas aguas.

Salían un montón de barcas a la mar, para ganacia de los visitantes que veníamos buscando buenos productos del mar. También para los que venían buscando buenos subproductos, como esta gaviota sombría (Larus fuscus) veraneante que se me puso a un par de metros...









...o para la multitud de gaviotas patiamarillas cantábricas (Larus michahellis lusitanius) que criaban a muy baja altura, justo por encima de los tejados de las casas de 2 ó 3 pisos, máximo, aparentemente aquí no estorban las gaviotas, será de los pocos sitios donde anidan sin problemas en convivencia con los humanos, a los que ahora nos estorba todo.







Una pena que vayan desapareciendo estos puertos.











Todavía con la sonrisa y el ánimo exaltados de tanto rincón curioso y memorable, nos fuimos a reposar la comida a la playa Langosteira, que resultó ser mucho mejor de lo esperado, tranquila, enorme, con unas aguas como un plato dominando la bahía, un paisaje de escándalo y una arena blanca preciosa. pero lo mejor estaba a la orilla, y es que había una capa de muchos metros de conchas en la arena, conchas de especies nobles, Haliotis, Aporrhais,Trivia, Chlamys, Gibbula magus, Callista, buf, docenas de especies en abundancias que yo nunca había visto, fue un despiporre que me recordaba a lo más parecido a una orgía malacológica que hubiese vivido hasta entonces...

Sin duda fue un día absolutamente feliz para toda la familia, de esos que se recuerdan en el lecho de muerte, de esos pocos en los que no solo todo sale bien, es que todo sale mejor. A la vuelta, parando en los miradores, una panorámica llena de lugares mágicos en todos los sentidos, la Playa Langosteira en el medio, y en los extremos, el Monte Pindo y el Cabo Fisterra, una geografía para recordar siempre.